ISLA MUCURA

ISLA MUCURA

Cuatro años después de que Luz Dary Gómez, sus amigos, aliados y la Fundación Catalina Muñoz pusiéramos los ojos en Puerto Caracol -una pequeña comunidad enclavada en Isla Múcura- las cosas son muy distintas. Pero para aquellos que no saben qué es, ni en dónde queda este pedacito de tierra, les contamos rápidamente. Isla Múcura es eso, un trozo de tierra que -con otros más que quedan muy cerca- conforman el archipiélago de San Bernardo, más o menos a 100 kilómetros mar adentro al Suroccidente de Cartagena. Es decir, allí se llega luego de un viaje de dos horas en lancha desde la capital del departamento de Bolívar.

En Isla Múcura hay dos mundos: el del turismo lo componen algunos hoteles -como el Punta Faro, el más importante de la isla. Y el mundo de Puerto Caracol. Como lo mencionamos al principio, esta comunidad partió su historia antes y después de la llegada de la Fundación Catalina Muñoz. Cierto día, mientras Luz Dary Gómez, presidenta de nuestra Organización, tomaba unos días de descanso en las paradisíacas tierras de Isla Múcura para sobreponerse de un duro golpe de su vida -la muerte de su esposo- una de sus acompañantes, Fanny, aprovechaba para caminar y explorar aquel mágico lugar. Su sorpresa aún es difícil de describir, cuando, muy cerca del hotel, isla adentro, encontró a un grupo de personas que vivían en una condición de pobreza extrema, en todo el sentido de la expresión..

Vivían semidesnudos, más allá de que el inclemente calor propio de la costa así lo requiere, habitando ranchos de madera y techos de plástico o paja, en medio de cerdos -que aunque no son seres malos per se, sí pueden acarrear múltiples problemas de higiene y salud- transitando por sus improvisadas calles -que no son más que espacios entre rancho y rancho, empolvados o embarrados cuando la lluvia asoma su rostro de vez en cuando, y hasta inundados en ciertas partes en las que el mar entra sin pedir permiso. A Fanny le costaba creer que la basura pululaba por el lugar, los niños -que conforman casi el 40% de la población- deambulaban sin zapatos ni ropa por el frente de sus cambuches a merced de enfermedades. Claramente, esta comunidad carecía no solo de amor propio y de dignidad, además también de todos los sevicios básicos -que deberían ser derechos adquiridos- y les permitiera vivir dignamente.

No existe un sistema de acueducto y menos de alcantarillado. No hay baños, ni había servicio de energía: -hace una semana supieron lo que es la luz después de las seis de la tarde- y mucho menos imaginan cómo sería un centro de salud. Fanny no daba crédito a lo que estaba viendo y se rehusaba a creer que alguien pudiera vivir así.

A partir de ese momento se propusieron, con Luz Dary, a hacer algo por devolverle esa dignidad que nunca tuvieron estas personas; decidieron iniciar con la Fundación el programa ‘Recibiendo Sonrisas’, con el apoyo de Óscar Alzate, dueño del hotel Punta Faro. A partir de esa iniciativa, con recursos propios y de varias de sus amigas, así como con el trabajo admirable y entregado de varias trabajadoras sociales de la Organización -que hoy terminan en cabeza de Ana Lucía Echeverri y Diana Rocha- comenzó esta ardua labor que ya cumple 4 años. En un principio algunos regalos de Navidad acompañados de una jornada para compartir buñuelos y recrear a los pequeños, fueron las actividades para crear vínculos con los pobladores.

Pero el objetivo era más ambicioso. Luz Dary y compañía, sintiendo la aceptación de la comunidad, impulsaron aún más ‘Recibiendo Sonrisas’ con metas claras para mejorar condiciones de vida. El censo poblacional era indispensable para identificar sus necesidades puntuales y más urgentes, así como la implementación de talleres que motiven y les enseñen a buscar sus propias soluciones. Les enseñaron a no esperar más que algún ente o persona llegase a arreglarles la vida. Soluciones que les hicieran ver que son personas valiosas, que podían hacer mucho por ellos mismos -como recoger sus basuras o manejar sus desechos- y que les sirvieran como punto de partida y ejemplo para que sus pequeños crezcan con una mentalidad distinta y así la evolución siga su rumbo.

Hoy, gracias a la iniciativa, al trabajo permanente e incansable -y de rescatar- de personas como Ana Lucía y ‘Rochi’, en Isla Múcura los cerdos ya no son parte de las casas ni de sus caminos. La basura se arroja en canecas que son recogidas por una lancha cada cierto tiempo para ser desechadas; las mujeres han aprendido a usar algo de maquillaje para adornar su belleza, los niños tienen zapatos y los hombres saben que su trabajo como pescadores, como empleados del hotel o en Cartagena, son el medio para darles a sus familias días sin hambre y con un techo más fuerte, mejor construido.

Así, cada año, desde hace cuatro, Luz Dary, su hija Catalina -inspiración de todo este altruismo-, Fanny, Óscar Alzate y un gran número de amigos y amigas aliados de esta causa que trabajan a su lado -aportando de muchas formas su grano de arena- regresan a la isla para sentir la alegría de ayudar con su trabajo y sus conocimientos. Regresan con la satisfacción de que que cada minuto invertido en la gente de Puerto Caracol surte un efecto maravilloso, y solo esperan que lo sembrado se mantenga y crezca para bien de estas personas, colombianos que con virtudes y defectos, es cierto que no saben qué es tener muchas oportunidades, pero han aprendido que ellos mismos son los constructores de sus sueños y de una vida mejor.